MIGAJAS PARA HOY, HAMBRE PARA MAÑANA


MIGAS PARA HOY, HAMBRE PARA MAÑANA

Análisis del Decreto Ley del 31/03




El pasado martes 31 de marzo el Gobierno español aprobó un decreto ley mediante el cual ponía en marcha una serie de medidas económicas y sociales para “proteger el empleo, ayudar a los más vulnerables y mantener el tejido productivo”. Entre estas medidas hay algunas que conciernen directamente la vivienda, sobre todo al régimen de alquiler. En este texto nos centraremos en estas medidas de ayuda al alquiler:

Primeramente, presentaremos un resumen de las mismas; seguidamente, las analizaremos desde la perspectiva de clase, es decir, evidenciaremos su esencia reformista y buscaremos las consecuencias que tendrán a corto y medio plazo sobre el proletariado; finalmente, aportaremos algunas claves políticas que nos permiten entenderlas en el contexto de la lucha de clases y que fundamentan nuestra praxis política.

Resumimos rápidamente las medidas aprobadas para ayudar “al alquiler y a los inquilinos vulnerables”:

- En primer lugar durante 6 meses desde la entrada en vigor del estado de alarma se suspenden los desahucios para los hogares vulnerables y sin alternativa habitacional.

- De la misma forma, hasta que dure el estado de alarma no se podrán suspender los suministros básicos (electricidad, gas, agua, telecomunicación fija y móvil) a los consumidores domésticos.

- Para evitar abusos por parte de los arrendadores, los contratos de alquiler que venzan en 3 meses son prorrogados automáticamente a 6 meses.

A parte estas medidas generales en cuanto a la vivienda, que explícitamente aplazan algún mes los problemas padecidos por los “inquilinos vulnerables”, el Gobierno ha predispuesto una serie de medidas de ayuda directa al alquiler. Siguiendo el esquema que hemos publicado recientemente, estas ayudas se pueden resumir así:

1. Tendrán acceso a estas ayudas las personas que pueden demonstrar estar en situación de vulnerabilidad social o económica, lo cual presupone estos requisitos:

- No ser propietario de ningún inmueble;

- Pérdida sustancial de la fuente de ingresos debido al COVID-19: paro, ERTE, etc.;

- Que lo ingresos del mes anterior a la solicitud no superen tres veces el IPREM (1613,52€);

- Que el pago de los suministros y la renta suponga más del 35% de los ingresos.

2. Si el propietario del inmueble en alquiler es una empresa, una entidad pública o un gran tenedor (es decir una persona física con diez o más inmuebles en propiedad) hay dos posibilidades:

- Moratoria del pago de los alquileres durante el estado de alarma y prorrogable a un máximo de 4 meses. En este caso la deuda derivada de la moratoria sería fraccionada a lo largo de 3 años (si el contrato fuera anual y no indefinido, este plazo se reduciría).

- 50% de reducción de la renta durante el estado de alarma y prorrogable a un máximo de 4 meses.

3. Si el arrendador es una persona física con menos de 10 inmuebles en propiedad (lo que se suele llamar un ‘pequeño propietario’ o ‘particular’) puede decidir voluntariamente si aceptar un pago reducido o aplazado, bajo los mismos requisitos aplicados en el caso de los grandes propietarios. Si el pequeño propietario no acepta, el inquilino debería solicitar ayudas a la renta, que pueden serle otorgadas de dos formas:

- Microcréditos por parte del ICO (banco público), el cual dará avales a bancos para que éstos concedan préstamos sin intereses a pagar hasta en 14 años;

- Ayudas al alquiler, hasta 900€. La cantidad y las condiciones de las mismas quedan en manos de las Comunidades Autónomas.


A pesar de que muchos agentes sociales y colectivos políticos las tildan de ‘insuficientes’, debemos reconocer que son medidas muy progresistas; pero, en este caso hay que colocarlas en su justa dimensión. Su función no es la de paliar la miseria estructural del proletariado, sino la de paliar su miseria momentánea e inmediata, para contener un posible estallido social debido a las consecuencias directas de la crisis sanitaria, al mismo tiempo en el que busca proteger los intereses del capital.

Esta idea se evidencia tomando en consideración dos factores anteriores al decreto: Si comparamos las medidas aprobadas en el decreto con lo propuesto inicialmente por sectores del Gobierno, queda claro que han desaparecido medidas como la regulación del precio de alquileres propuesta en el primer borrador. Aun mas perceptible si comparamos este decreto de marzo con el pacto en materia de vivienda entre PSOE y Podemos alcanzado el pasado enero, que incluía cosas como techo al precio del alquiler, incremento de la vivienda social, etc. Así es que el decreto consigue proteger los intereses de los capitalistas: no les quita el control de sus mercancías y simplemente, en el peor de los casos, aplaza algún mes sus ganancias.

Desde el punto de vista del estatus quo, se prefiere poner diques de contención a la rabia social y esparcirla en los meses siguientes, de ese modo, no estará concentrada en la misma fracción temporal. Nos reparten migas para quitarnos el hambre, porque el momento actual posee en sí mismo un potencial de estallido enorme, debido a la evidente crisis sanitaria y económica y a las medidas draconianas del Estado, que han creado en la población una fuerte concentración de malestar. Nuestro moderno Dracón lo sabe muy bien, y es por eso que ha tomado medidas, al parecer tan progresistas, para paliar momentáneamente ese malestar y diluirlo en los próximos meses.

Todo esto desde el punto de vista del Estado. Pero, ¿qué pasa si analizamos esas medidas desde la óptica del proletariado más desposeído? Pues, nos enteraríamos que el decreto es hasta insuficiente para paliar la miseria social, tanto en el corto como en el medio plazo. Vamos a ver, entonces, las consecuencias inmediatas del decreto:

Primero, las ayudas se otorgarán a personas afectadas por las medidas contra la crisis sanitaria, así que la situación de vulnerabilidad social y económica, de repente parece ser una innovación del coronavirus, y no una plaga ineliminable del capitalismo. De hecho, hasta cuando se reconoce la preexistencia de la condición de vulnerabilidad, los requisitos para al acceso a las ayudas piden demonstrar los efectos del COVID-19 (paro, ERTE, etc.).

En segundo lugar, y esto es muy relevante ya que constituye un carácter fundamental del reformismo y de su fijación por la legalidad, las ayudas al alquiler dejan de lado a todas aquellas personas que ya se encontraban “en situación de vulnerabilidad” antes de la crisis y que sin embargo, no están legalmente protegidas: las que no tenían contrato de alquiler, las que no tenían contrato laboral, las que no tenían padrón, etc. En suma, todas esas personas cuya subsistencia se desarrolla en los margenes de la supuesta universalidad de la legalidad burguesa. Esta es la capa más desposeída del proletariado, con condiciones más precarias y nuestro amigo el reformismo la deja totalmente desprotegida. Para esta capa, las medidas del Estado no son más que burocracia, pérdida de tiempo y gasto de papeles. Tanto es así, que ya desde una lectura inmediata del decreto, la quimera de los progresistas se resquebraja y sus pedazos se nos presentan como la restitución del orden previo.

Vamos a considerar ahora las consecuencias del decreto una vez se haya acabado el estado de alarma.

Hemos mencionado que el Gobierno ha optado por no regular el precio de los alquileres y dejar el control de los medios de subsistencia en la exclusiva de los grandes tenedores. Dos consecuencias de esta elección caerán encima del proletariado, una directa y otra indirecta. Primero, en un contexto en el que es muy probable que la tasa de desempleo suba considerablemente y que los salarios bajen, es posible que a una gran capa de la clase trabajadora le resulte cuanto menos difícil pagar el mismo alquiler de antes. De aquí, desahucios, caída de las condiciones materiales en cuanto a la vivienda, etc. a un nivel aún más agudo que el alcanzado antes del estado de alarma.

En segundo lugar, en todo contexto de crisis capitalista se empujan procesos de centralización, y esto se aplica también por lo que concierne el mercado de la vivienda. Ya desde antes del coronavirus eran los grandes propietarios (bancos, fondos buitre, etc.) quienes dirigían dicho mercado, regulando el precio de los inmuebles a su antojo mediante el control de la masa de viviendas en régimen de alquiler disponibles en el mercado. Es de esperar, que gracias a esta nueva crisis acumulen entre sus manos un número mayor de viviendas por vía de la quiebra de los pequeños propietarios. El proceso de centralización del capital en forma de mercancía-vivienda les otorgará aún más poder en el mercado, y profundizará en la relación de clase escondida tras los precios de los alquileres.


Ahora, mas allá del ‘alivio inmediato’ que pudieran suponer estas medidas, debemos analizarlas en el contexto de nuestros intereses a largo plazo, es decir tenemos que considerarlas desde la perspectiva de la organización del proletariado. De hecho, estos días vemos que las hipótesis organizativas sobre las que se basa la actividad del Sindicato de Vivienda son confirmadas por la gestión de la crisis sanitaria del coronavirus. Por un lado, vemos reforzada nuestra negación de la vía de la reforma en favor de un horizonte estratégico de acumulación de fuerzas, creación de instituciones proletarias para la construcción del poder proletario. Por otro lado, es cada vez más evidente el proceso de proletarización que se sitúa en la base analítica de nuestra estrategia, y que fundamenta nuestra apuesta a la creación de la organización de clase.

No nos alargaremos mucho más sobre el reformismo, pero añadimos ahora unas breves consideraciones: En general, cualquier medida reformista es una medida de contención. De hecho, el reformismo sirve al capital para aguar políticamente las contradicciones del capitalismo, los efectos de la desposesión de los productores directos de la sociedad y la miseria estructural que está en los cimientos de este modo de producción. Dicho de otra forma, sirve para impedir cualquier organización autónoma del proletariado y garantizar que el proceso de acumulación siga sin trabas.

No siempre, pero, es fácil desenmascararlo, ya que se oculta tras un disfraz de humanidad y bondad política. Pero, en el caso de la reforma parcial de las ayudas al alquiler, queda evidente que es un reformismo que se auto-contiene temporalmente, dejando así desnuda la verdadera cara del reformismo: contención social y poco más. Como ya mencionado, basta con mirar a los plazos estipulados en el decreto para darse cuenta de que ésto es migajas para hoy y hambre para dentro de 6 meses. Las medidas prevén amortiguar el bache y contener una posible sublevación. En este sentido, asumen un carácter partidista, intentando contener un enfado que no deterioraría el Estado, pero sí el Gobierno de turno. Además, en le corto-medio plazo estas medidas garantizan abaratar el coste de la fuerza trabajo, sobre todo si se llevan a cabo reformas laborales para ayudar la burguesía a relanzar el proceso de acumulación. Dicho de otra forma, aunque a ciertos sectores del Estado de verdad les interesen las vidas de sus ciudadanos menos protegidos, en realidad, sus acciones no hacen otra cosa que empeorar en el medio plazo sus condiciones de vida.
En la coyuntura actual, el señalamiento de la vía de la reforma y la toma de compromiso para con un proceso de liberación social real, más allá de la defensa inmediata de nuestras condiciones de vida, asumen plena vigencia y valor. Pero, es sobre todo con la crisis en ciernes que vemos reforzadas algunas de las hipótesis del Sindicato de Vivienda y del Ildo Sozialista en general.

La decadencia del sistema capitalista ha sufrido una aceleración notable, asumiendo la forma de una crisis debida a un paro de la producción. Pero no debemos achacar toda la culpa de la crisis económica a la gestión de la crisis sanitaria. De hecho, los efectos económicos de la última, no hacen más que sumarse a tendencias preexistentes al COVID-19, que se han ensombrecido por el fenómeno, pero que son las causas reales de la crisis que estallará en los próximos meses (guerra comercial entre China y EEUU, inestabilidad de los mercados financieros, etc.). En los próximos meses necesitaremos dejar claro que no es un desgraciado coronavirus quien ha traído consigo la crisis. Además, parece cada vez mas palpable la tendencia del capitalismo a profundizar en el proceso de proletarización. Bajan las condiciones de vida de gran parte de la clase trabajadora, y no bajan sólo temporalmente, sino que quedarán en vilo ante un futuro incierto.

Las medidas que los Estados de media Europa están tomado para contener la crisis sanitaria se fundamentan en un fuerte aumento de la deuda pública. El Estado garantiza, endeudándose, los intereses de la burguesía, bien para evitar el estallido social y el odio de clase, bien para contener la disgregación del tejido productivo de plusvalor. Esto se evidencia no sólo mirando las medidas económicas para la gestión del estado de alarma, en general, sino también analizando los microcréditos a arriendos en ayuda al alquiler. El Estado está dispuesto a asumir el 100% del riesgo de impago, avalando los créditos a bancos, antes que hacer perder a los propietarios un sólo euro. Esos microcréditos son avalados por el ICO, es decir la Agencia Financiera del Estado. El ICO se financia en los mercados internacionales de capitales, sin recibir fondos ni subvenciones estatales, pero el Estado puede hacer aportaciones anuales al ICO dirigidas a mantener su nivel de solvencia. Si, como es previsible, la solvencia de los inquilinos baje a causa de la crisis económica, el ICO tendrá que hacer frente a una notable pérdida de capitales, que podrían llegar a poner en riesgo su solvencia. En este caso, el Estado tendrá que intervenir inyectando liquidez en los fondos del ICO. Es así que, aunque el gasto directo del Estado inmediatamente no represente un aumento en la deuda pública, en el medio plazo sí que se acabará por convertirse en ella.


Bien, se puede prever un aumento de la deuda pública, pero, ¿quién la paga, y en qué condiciones?

Primero, en el capitalismo todo tipo de riqueza social está producida mediante el robo de tiempo de trabajo, es decir, mediante los mecanismos de producción de plusvalía. También el dinero que se mueve por los bancos guarda este origen, y el sistema de crédito no hace más que ocultar los orígenes de esa riqueza, haciéndola aparecer como dinero que produce dinero. Por lo tanto, el aumento de la deuda pública es posible gracias a la expropiación de los trabajadores, que la financian directamente.

Segundo, la deuda pública es la única parte de la llamada ‘riqueza de una nación’ de la que es participe el proletariado. Si, tras el estado de alarma la economía se recupera, los propietarios no habrán perdido nada, pero al proletariado le tocará pagar su deuda, directa e indirectamente, en la misma condición previa a la crisis sanitaria pero con más deudas públicas e individuales. Si, sin embargo, la capacidad de acumulación de la burguesía se reduce, se llevarán adelante medidas para empujar la economía a costa del proletariado, el cual seguirá endeudado por las medidas para contener la pandemia, y además se encontrará sin trabajo e incapaz de reponerse. Así es que las medidas que dicen ser para mejorar nuestra situación a corto plazo (y como hemos visto hasta en el corto plazo son limitadas), se obtendrán a costa de empeorarla en el medio plazo.

A pesar de toda la deuda pública que el reformismo y la socialdemocracia tengan la capacidad de crear y gestionar, es la clase trabajadora la que la pagará con su sudor y sangre, inmersa como está en la crisis capitalista que profundiza en la relación despótica de clase y en el proceso de proletarización. Sabemos que sin una alternativa comunista, el proletariado está condenado a subsistir en esta nociva relación, a conformarse con los alivios de la reforma. Sólo un horizonte de posibilidad se abre entonces ante nosotros: la vivienda gratuita universal y de calidad, la sociedad comunista.

Nada es imposible, todo se organiza.





Entradas populares